Máximo dirigente de la Alemania nazi (Braunau, Bohemia,
1889 - Berlín, 1945). Hijo de un aduanero austriaco, su infancia
transcurrió en Linz y su juventud en Viena. La formación de Adolf
Hitler fue escasa y autodidacta, pues apenas recibió educación. En
Viena (1907-13) fracasó en su vocación de pintor, malvivió como
vagabundo y vio crecer sus prejuicios racistas ante el espectáculo de
una ciudad cosmopolita, cuya vitalidad intelectual y multicultural le
era por completo incomprensible.


Adolf Hitler

De
esa época data su conversión al nacionalismo germánico y al
antisemitismo. En 1913 Adolf Hitler huyó del Imperio Austro-Húngaro
para no prestar servicio militar; se refugió en Múnich y se enroló en
el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial (1914-18). La
derrota le hizo pasar a la política, enarbolando un ideario de reacción
nacionalista, marcado por el rechazo del nuevo régimen democrático de
la República de Weimar, a cuyos políticos acusaba de haber traicionado
a Alemania aceptando las humillantes condiciones de paz del Tratado de
Versalles (1918).

De vuelta a Múnich, Hitler ingresó
en un pequeño partido ultraderechista, del que pronto se convertiría en
dirigente principal, rebautizándolo como Partido Nacionalsocialista de
los Trabajadores Alemanes (NSDAP). Dicho partido se declaraba
nacionalista, antisemita, anticomunista, antisocialista, antiliberal,
antidemócrata, antipacifista y anticapitalista, aunque este último
componente revolucionario de carácter social quedaría pronto en el
olvido; este abigarrado conglomerado ideológico, fundamentalmente
negativo, se alimentaba de los temores de las clases medias alemanas
ante las incertidumbres del mundo moderno. Influenciado por el fascismo
de Mussolini, este movimiento, adverso tanto a lo existente como a toda
tendencia de progreso, representaba la respuesta reaccionaria a la
crisis del Estado liberal que la guerra había acelerado.

Sin
embargo, Hitler tardaría en hacer oír su propaganda. En 1923 fracasó en
un primer intento de tomar el poder desde Múnich, apoyándose en las
milicias armadas de Ludendorff («Putsch de la Cervecería»). Fue
detenido, juzgado y encarcelado, aunque tan sólo pasó en la cárcel un
año y medio, tiempo que aprovechó para plasmar sus estrafalarias ideas
políticas en un libro que tituló Mi lucha y que diseñaba las grandes líneas de su actuación posterior.

De
nuevo en libertad desde 1925, Hitler reconstituyó el NSDAP expulsando a
los posibles rivales y se rodeó de un grupo de colaboradores fieles
como Goering, Himmler y Goebbels. La profunda crisis económica desatada
desde 1929 y las dificultades políticas de la República de Weimar le
proporcionaron una audiencia creciente entre las legiones de parados y
descontentos dispuestos a escuchar su propaganda demagógica, envuelta
en una parafernalia de desfiles, banderas, himnos y uniformes.

Combinando hábilmente la lucha política legal con el uso ilegítimo de la violencia en las calles, los nacionalsocialistas o nazis fueron
ganando peso electoral hasta que Hitler -que nunca había obtenido
mayoría- se hizo confiar el gobierno por el presidente Hindenburg en
1933.

Desde la Cancillería, Hitler destruyó el
régimen constitucional y lo sustituyó por una dictadura de partido
único basada en su poder personal. El Tercer Reich así creado
fue un régimen totalitario basado en un nacionalismo exacerbado y en un
complejo de superioridad racial sin fundamento científico alguno
(basado en estereotipos que contrastaban con la ridícula figura del
propio Hitler).

Tras la muerte de Hindenburg, Hitler se hizo nombrar Führer o
«caudillo» de Alemania y se hizo prestar juramento por el ejército. La
sangrienta represión contra los disidentes culminó en la purga de las
propias filas nazis durante la «Noche de los Cuchillos Largos» (1934) y
la instauración de un control policial total de la sociedad, mientras
que la persecución contra los judíos, iniciada con las racistas Leyes
de Núremberg (1935) y con el pogromo conocido como la «Noche de los
Cristales Rotos» (1938) culminó con el exterminio sistemático de los
judíos europeos a partir de 1939 (la «Solución Final»).

La
política internacional de Hitler fue la clave de su prometida
reconstitución de Alemania, basada en desviar la atención de los
conflictos internos hacia una acción exterior agresiva. Se alineó con
la dictadura fascista italiana, con la que intervino en auxilio de
Franco en la Guerra Civil española (1936-39), ensayo general para la
posterior contienda mundial; y completó sus alianzas con la
incorporación del Japón en una alianza antisoviética (Pacto
Antikomintern, 1936) hasta formar el Eje Berlín-Roma-Tokyo (1937).

Militarista
convencido, Hitler empezó por rearmar al país para hacer respetar sus
demandas por la fuerza (restauración del servicio militar obligatorio
en 1935, remilitarización de Renania en 1936); con ello reactivó la
industria alemana, redujo el paro y prácticamente superó la depresión
económica que le había llevado al poder.

Luego,
apoyándose en el ideal pangermanista, reclamó la unión de todos los
territorios de habla alemana: primero se retiró de la Sociedad de
Naciones, rechazando sus métodos de arbitraje pacífico (1933); luego
forzó el asesinato de Dollfuss (1934) y el Anschluss o anexión
de Austria (1938); a continuación invadió la región checa de los
Sudetes y, tras engañar a la diplomacia occidental prometiendo no tener
más ambiciones (Conferencia de Múnich, 1938), ocupó el resto de
Checoslovaquia, la dividió en dos y la sometió a un protectorado; aún
se permitió arrebatar a Lituania el territorio de Memel (1939).


Hitler hacia el final de la guerra

Pero,
cuando el conflicto en torno a la ciudad libre de Danzig le llevó a
invadir Polonia, Francia y Gran Bretaña reaccionaron y estalló la
Segunda Guerra Mundial (1939-45). Hitler había preparado sus fuerzas
para esta gran confrontación, que según él habría de permitir la
expansión de Alemania hasta lograr la hegemonía mundial (Protocolo
Hossbach, 1937); en previsión del estallido bélico había reforzado su
alianza con Italia (Pacto de Acero, 1939) y, sobre todo, había
concluido un Pacto de no-agresión con la Unión Soviética (1939),
acordando con Stalin el reparto de Polonia.

El moderno ejército que había preparado obtuvo brillantes victorias en
todos los frentes durante los primeros años de la guerra, haciendo a
Hitler dueño de casi toda Europa mediante una «guerra relámpago»: ocupó
Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia,
Grecia. (mientras que Italia, España, Hungría, Rumania, Bulgaria y
Finlandia eran sus aliadas, y países como Suecia y Suiza declaraban una neutralidad benevola.

Sólo Gran Bretaña resistió el intento de invasión
(batalla aérea de Inglaterra, 1940-41); pero la suerte de Hitler empezó
a cambiar cuando lanzó la invasión de Rusia, respondiendo tanto al
ideal anticomunista básico del nazismo como al proyecto de arrebatar a
la «inferior» raza eslava del este el «espacio vital» que soñaba para
engrandecer a Alemania (1941). A partir de la batalla de Stalingrado
(1943), el curso de la guerra se invirtió y las fuerzas soviéticas
comenzaron una contraofensiva que no se detendría hasta tomar Berlín en
1945; simultáneamente se reabrió el frente occidental con el aporte
masivo en hombres y armas procedente de Estados Unidos (involucrados en
la guerra desde 1941), que permitió el desembarco de Normandía (1944).

Derrotado
y fracasados todos sus proyectos, Hitler vio cómo empezaban a
abandonarle sus colaboradores y la propia Alemania era arrasada por los
ejércitos aliados; en su limitada visión del mundo no había sitio para
el compromiso o la rendición, de manera que arrastró a su país hasta la
catástrofe y finalmente se suicidó en el búnker de la Cancillería de
Berlín donde se había refugiado, después de haber sacudido al mundo con
su sueño de hegemonía mundial de la «raza» alemana, que provocó una
guerra total a escala planetaria y un genocidio sin precedentes en los
campos de concentración.

La Primera Guerra Mundial había dejado una Alemania
derrotada política y económicamente, en un frustrado proceso por
implantar la democracia liberal que reemplazara anteriores monarquías.
Ello, unido al arraigo de su tradición militar y del nacionalismo
romántico según el cual el Estado era la encarnación del espíritu del
pueblo, así como ciertos hábitos autoritarios de la sociedad alemana,
constituía un excelente caldo de cultivo para cualquier
nacionalsocialismo, tan en boga en la época.

Adolf
Hitler añadió con maestría el elemento del racismo para formar la
mezcla explosiva y paranoica que galvanizaría a toda una nación.
Consiguió el apoyo de un ejército herido en su honor; de los
industriales enfrentados a los sindicatos y al temor de la ideología
marxista; de una frustrada clase media y del proletariado «víctima de
los sindicatos y de los partidos políticos». Supo concitar en todos el
odio a los judíos, como elemento cohesionador, y proponerles la
superioridad de la raza aria como única válida para dominar el mundo.


Adolf Hitler

Su obra Mein Kampf
(Mi lucha) se convirtió en evangelio de masas, sin ser tratado de
política, y en libro santo de la vida e ideas del jefe supremo, sin ser
ninguna confesión del autor, a pesar del título. Según lo expuesto en
él, la raza aria es superior por naturaleza; el Estado es la unidad de
«sangre y suelo»; el Fürher es la encarnación del Estado y por tanto
del pueblo... Nada nuevo. Pero sí el arma más eficaz para la más cruel
derrota del pueblo que la utilizó, el mayor genocidio de la historia y
la destrucción de Europa.

Lazos de sangre

La
búsqueda de unos antecedentes familiares que pudieran justificar el
desequilibrio de Hitler indujo a la construcción de diversas historias
acerca de sus orígenes. La oscuridad de los pocos datos reales y la
escasa fiabilidad de algunos de los vertidos por él en su libro Mein Kampf,
contribuyeron a suscitarlas. Así, se ha especulado sobre el posible
alcoholismo de su padre, sobre que éste murió confinado en un
manicomio, o que su madre fue una prostituta y tuvo un abuelo judío.
Ninguna de estas hipótesis ha podido probarse y sólo se puede afirmar
con absoluta certeza que Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889 en
Braunau del Inn, pueblo fronterizo de la Alta Austria, y que fue el
tercer hijo de un matrimonio formado por el inspector de aduanas Alois
Hitler y su tercera esposa, Klara Pólzl.

Se supone
que su abuelo fue Johann-Georg Hiedler, molinero de la Baja Austria que
en 1842 se casó con una campesina, Maria Anna Schicklgruber, quien ya
tenía un hijo natural de cinco años, Alois, cuyo padre no era otro, al
parecer, que el propio Hiedler, aunque no le dio su apellido. Casi
cuarenta años más tarde, en 1876, Johann-Nepomuk Hiedler, hermano del
anterior, se presentó con Alois ante el párroco de Dóllersheim y le
pidió que borrase del registro la palabra «ilegítimo» y lo inscribiera
como Alois Hiedler por deseo expreso del padre. Johann-Georg llevaba
veinte años enterrado y su madre treinta, pero el cura accedió. Alois,
al año siguiente de su legitimación, cambió su apellido Hiedler, de
origen checo, por el de Hitler, de grafía similar a su fonética.

Alois
Hitler había ingresado a los dieciocho años en el Servicio Imperial de
Aduanas y hasta 1895 trabajó como oficial en distintos pueblos de la
frontera austrobávara. Había contraído matrimonio con Anna Glass en
1864, mucho mayor que él, que murió sin descendencia en 1883. Un mes
después se casaba con Franziska Matzelberger, quien ya le había dado un
hijo, Alois, y tres meses después de la boda le dio una hija, Angela,
la única con quien Adolf había de mantener relación durante toda su
vida, y de cuya hija Geli Raubal llegó a enamorarse. Esta segunda
esposa fallecía también poco más tarde de una tuberculosis. En enero de
1885 Alois se casó con Klara Pólzl, en terceras nupcias. En mayo nacía
Gustav. Tanto éste como una hija nacida en 1887 murieron en su
infancia. En 1889 nacía Adolf y más tarde Paula.

Adolf
Hitler tenía seis años cuando su padre se jubiló. La familia dejó
entonces Passau, su último destino, se mudó a Hafeld-am-Traun, luego a
Lambach y por último compraron una casa en Leonding, aldea en las
afueras de Linz. Allí pasaría Hitler su infancia y por ese motivo es
considerada la «ciudad natal del Führer» y por lo tanto centro de
peregrinación nazi. Su padre murió el 3 de enero de 1903 dejando una
pensión a su viuda. Dos años después su madre vendió la casa por diez
mil coronas y se establecieron en Linz.


Un joven Hitler

En
el verano de 1905 Adolf concluye sus estudios por obligación, pues su
mediocre rendimiento en la Realschule le había valido la expulsión sin
conseguir título alguno. Cuando su madre murió, en 1907, se trasladó a
Viena con el dinero de la herencia. Dibujaba por afición y esperaba
convertirse en un pintor académico. Se inscribió para las pruebas de
acceso en la Academia de Artes Plásticas, pero fracasó en el examen de
ingreso. Al año siguiente reunió la mayor cantidad de sus dibujos y
volvió a la academia, pero la institución, tras observarlos, esta vez
ni siquiera lo admitió a examen.

Fue entonces, a
finales del año 1908, cuando entró en contacto con el antisemitismo
mediante las teorías de Liebenfels. En ellas se vislumbra ya el germen
de su ideología posterior: Liebenfels llamaba Arioheroiker ('héroes arios') a la raza rubia de los señores y los enfrentaba a los seres inferiores, los Affingen
('simiescos'), para concluir que la necesidad de diezmar a estos
últimos era biológicamente justificada, pues acabaría con el engendro
del mestizaje.

Durante todo el año siguiente
Hitler consumió cantidades de esos panfletos racistas. Ya entonces
vivía miserablemente, había agotado su herencia y no trabajaba; se
alojaba en una residencia para hombres indigentes y pasaba hambre en
sus vagabundeos por Viena. Además, no se presentó a los reiterados
llamamientos para cumplir el servicio militar y, a los veinticuatro
años -edad a la que cesaba la obligación de ingresar a filas-, cruzó la
frontera alemana, instalándose en Munich.

El germen

Las
autoridades austríacas averiguaron su paradero y le obligaron a
comparecer en su consulado en Munich y luego ante la comisión de
reclutamiento de Salzburgo. Allí, dado su débil estado físico, fue
declarado no apto e inútil para la milicia. El 16 de agosto de 1914 se
presentó como voluntario al ejército alemán: la Primera Guerra Mundial
había comenzado. Herido y gaseado en el frente, fue condecorado con
sendas cruces de hierro al mérito militar de segunda y de primera
clase, honor este último muy raro para un sargento, como él era.


Hitler aclamado por la multitud

Según
testimonios, fue un soldado valiente y se ganó pronto la simpatía de
sus superiores gracias a su marcado antisemitismo. Fue nombrado oficial
de propaganda del Reichswehr, el ejército regular, y se dedicó a
predicar el ideal nacionalista y la lucha contra los bolcheviques entre
sus camaradas, dando numerosas conferencias. El 12 de septiembre de
1919 fue comisionado a asistir a una asamblea del incipiente Partido
Obrero Alemán (DAP) con el objeto de recabar información sobre dicha
asociación. Hitler intercambió impresiones con el presidente del DAP,
Anton Drexler, y todo habría terminado allí, quizá, si no hubiese
recibido poco después una tarjeta postal en que la dirección del
partido (entonces no contaba con más de cincuenta afiliados) le
comunicaba su ingreso en el mismo.

En marzo del
año siguiente abandonó la milicia para dedicarse por entero a su
actividad política; fue entonces cuando el partido añadió a su
denominación Nacionalsocialista, convirtiéndose en el Nationalsozialistische Deutsche Arbei-terpartei
(de cuya abreviatura surgiría la palabra nazi), y Hitler se convirtió
en su jefe de propaganda. Como tal consiguió reclutar a personajes
destacados de la sociedad muniquesa, esencialmente nacionalistas y, en
menor medida, a trabajadores, cuyo número fue disminuyendo a medida que
el NSDAP se engrandecía, y él se hacía con la presidencia, tras
eliminar a Drexler.

En noviembre de 1923, siguiendo el ejemplo de Mussolini en Italia, intentó un golpe de estado, conocido como el putsch
de 1923. Los dos cabecillas de la intentona, Hitler y Ludendorff,
fueron detenidos y juzgados; su fracaso le valió una condena de cinco
años de prisión, de los que sólo cumplió nueve meses debido a la
presión de sus camaradas. De esa estancia en la prisión de Landsberg
surgió la primera redacción de Mein Kampf, dictada a Rudolf Hess.


Hitler y Ludendorff, protagonistas del putsch

La
crisis económica de 1929 permitió al partido nazi un desarrollo más que
considerable. En 1932 se presentó a las elecciones presidenciales, y si
bien fue derrotado, obtuvo trece millones y medio de votos. En enero de
1933 ocupó la cancillería con el conservador Von Papen. Hitler disolvió
el parlamento, inició una campaña financiada por los magnates del Ruhr
(Von Thyssen, Otto Wolff, Voegeler) marcada por la violencia de las
Schutz Staffel, las SS, la policía militarizada del partido nazi, y el
incendio del Reichstag de Berlín, el 27 de febrero, hecho que utilizó
en su favor atribuyendo su autoría a la subversión comunista y que le
dio pie para instituir el estado de excepción.

Fueron
los pasos necesarios para acabar con sus oponentes. Primero promulgó
una ley destinada vagamente a restablecer «el funcionamiento de
carrera», pero que sirvió en realidad para depurar a los judíos y
marxistas de los servicios del Estado, y en general de todo aquel que
ocupase un puesto codiciado por los nuevos jefes nazis. Tras su primer
encuentro con Mussolini, el 14 de junio de 1934 en Venecia, Hitler y la
jefatura del nacionalsocialismo (Goebbels, Göring, Heydrich y Heinrich
Himmler) se deshicieron de su otrora apreciado Ernst Röhm y otros
opositores al régimen: Gregor Strasser, Schleicher, Kahr, a la cabeza
de un centenar, todos ejecutados a quemarropa en la que fuera llamada
«Noche de los cuchillos largos» (30 de junio de 1934). Von Papen se
libró de la quema gracias a la protección del mariscal Von Hindenburg,
todavía presidente del Reich; pero por las dudas se aprestó a dimitir
de su cargo de vicecanciller, se fue a Viena como embajador y más tarde
siguió sirviendo a Hitler en Ankara.


Con el mariscal Von Hindenburg

El
2 de agosto de 1934 murió el anciano Paul von Hindenburg, presidente
del Reich, y Hitler, gracias a una ley promulgada en el mismo instante
por él, se convirtió en jefe supremo del Estado, unificó ambos
ministerios (Estado y cancillería) y el ejército juró fidelidad al
«Führer y canciller Adolf Hitler». En ese momento las SS contaban con
más de cien mil hombres dirigidos por un ex agricultor fanático que,
según algunos, superó en temeridad al propio Führer: Himmler.

El III Reich

Bajo
la finta del culto al deber y la jerga prusiana, el nuevo Estado
reflejaba los rasgos de su creador: eficaz, pero desordenado, enérgico
y centralizado. Hitler fue fiel a sus costumbres vienesas: se levantaba
a las doce, y amparado por un gran número de secretarios privados con
rango ministerial que filtraban a sus visitantes, recibía sólo a quien
le apetecía y sólo por un par de minutos. Su vitalidad aparecía durante
la noche, cuando su terror a la soledad le conducía a mantener extensos
monólogos hasta la madrugada.

No existían
reuniones de gobierno. Las leyes se promulgaban mediante sus escuetas
órdenes y más tarde sólo bastaría con una observación caprichosa. Sus
incondicionales anotaban todas sus ocurrencias espontáneas y las
transmitían a la nación como órdenes del Führer. Existe una anécdota a
este respecto que, fundada o no, resulta sin duda ilustrativa: Hitler
dice a sus acompañantes, frente a la iglesia de San Mateo de Munich,
que la próxima vez no quiere ver esa pila de piedras. Él se refería a
un montón de adoquines que estaban apilados cerca de la entrada, pero
su observación se interpreta como una alusión a la iglesia y ésta es
demolida sin más al día siguiente.

Así funcionaban
los mecanismos de gobierno de una nación de setenta millones de
habitantes, y a pesar de todo, funcionaban; gracias a su intuición, a
su olfato, a su elección sistemática de soluciones viables. Su política
social surtía un efecto extraordinario sobre las masas. Ordenaba obras
que, según él, contraponían al «socialismo teórico» el «socialismo de
los hechos»: préstamos «al matrimonio» que impulsaban la creación de
nuevas familias; protección y descanso a las madres; envío masivo de
niños (el primer año 370.000) a colonias de vacaciones; casas-cuna,
guarderías; obras con denominaciones tan extrañas como «de socorro
invernal», «del hogar», «fortaleza mediante la alegría» y campañas con
títulos como «buena iluminación», «zonas verdes en la empresa»,
«educación popular», «departamento del ocio», o «belleza del trabajo»,
todas ellas pensadas con una estratégica visión de futuro y para un
pueblo que salía de la miseria.

Entre tanto, Himmler
recluía a medio millón de personas en los veinte campos de
concentración y los ciento sesenta campos de trabajo, y eso sin incluir
a los millones de judíos, polacos, prisioneros de guerra soviéticos,
sospechosos de semitismo y subversivos que pasaron por los campos y
perecieron en las cámaras de gas o fueron aniquilados por el trabajo.
Primero de forma clandestina, luego más abierta, el exterminio
respondía a los objetivos expuestos en Mein Kampf. Y también su
política exterior; como Mussolini, Hitler ayudó a Franco en su lucha
contra la república. Luego camufló, con el nombre de «lucha contra el
bolchevismo», la alianza con los dictadores. Al adherirse Japón, pudo
amenazar la retaguardia de la Unión Soviética, que, con Francia, eran
sus mayores amenazas.


Hitler y Mussolini

A
fines de 1937 decidió reunir todos los países de lengua alemana antes
de que las potencias occidentales acabasen de rearmarse. Ante la alarma
del ala más conservadora del ejército, hostil a las SS, se deshizo de
Blomberg, Von Neurath y destituyó al comandante en jefe de la
Wehrmacht, Von Fritsch, acusándolo de homosexual, y al jefe del estado
mayor Beck, asumiendo él mismo el mando.

Seguro de
la adhesión del Duce, en marzo de 1938 se apoderó de Austria. En
septiembre, con el miedo a la guerra a su favor y el anticomunismo
occidental, obtuvo la firma del Acuerdo de Munich, con lo cual ganó una
cuarta parte de Checoslovaquia. El 15 de marzo de 1939, ya organizada
la secesión eslovaca, puso bajo su protección a Bohemia-Moravia y ocupó
Memel. A partir de abril reclamó los distritos alemanes de Polonia,
reforzó su alianza con Italia mediante el Pacto de Acero del 22 de mayo
y firmó el Pacto de Neutralidad germano-soviética. El 1 de septiembre
invadió Polonia, desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

Adiós a Berlín

La
dominación de Hitler se extendió pronto por toda Europa. El 22 de junio
de 1941 atacó la Unión Soviética y el fracaso frente a Moscú lo condujo
a tomar él mismo el mando del ejército de tierra. Aún a fines de 1942
su empresa era exitosa. Ese año ya se había anunciado, aunque
veladamente, la «solución final a la cuestión judía», y se sucedían los
asesinatos masivos de judíos en toda Europa. En Polonia se acaban de
construir nuevos campos: Auschwitz-Birkenau, Chelmno, Majdanek,
Treblinka, Sobibor, Belzec. Incluidos los judíos rusos, los cálculos
menos pesimistas estiman las víctimas en más de cuatro millones.

El
10 de septiembre se había conseguido la expansión máxima de los
alemanes en la Unión Soviética. La guerra se vio estancada y el
adversario obligó a Alemania a defenderse. En noviembre las fuerzas
aliadas desembarcaban en Marruecos y Argelia, y en enero de 1943 la
Conferencia Angloamericana de Casablanca exigía la capitulación
incondicional. Un mes después, el ejército alemán debía rendirse en
Stalingrado. Goebbels declaró entonces la «guerra total».

Durante
los meses siguientes, sin embargo, el poder alemán fue decayendo
abrumado por diferentes acontecimientos. En abril y mayo la resistencia
se rebeló en el gueto de Varsovia y el Afrika-Korps italo-germano
capituló en Túnez. En julio los aliados entraron en la fase de
bombardeos masivos sobre Hamburgo y destruyeron gran parte de la
ciudad; el día 10 los ingleses y norteamericanos desembarcaron en
Sicilia y el 25 cayó Mussolini. Italia declaró entonces la guerra a
Alemania. El 1 de diciembre Roosevelt, Churchill y Stalin, reunidos en
la Conferencia de Teherán, plantearon la conveniencia de desmembrar
Alemania. En junio de 1944 los aliados desembarcaron en Normandía.


Tras el atentado de Rastenburg (julio de 1944)

Hitler,
acosado, sufrió además un atentado planeado por un grupo de oficiales
cuando se encontraba en su cuartel general de Rastenburg (Prusia
Oriental) y resultó con heridas leves. En venganza, hizo ajusticiar por
lo menos a doscientos resistentes de la élite político-militar, y Kluge
y Rommel se suicidaron. El 25 de septiembre hizo un llamamiento a las
fuerzas populares como último intento de resguardar «el imperio».
Desgastado por las derrotas, ya era sólo un enfermo mental. No
obstante, creía todavía en el triunfo mediante las armas secretas en
preparación y aun supervisó la última ofensiva alemana en las Ardenas.
Luego regresó al búnker de la cancillería.

En abril
de 1945 Adolf Hitler, totalmente aislado, salvo una ya reducida corte
de aduladores y su amante Eva Braun y Goebbels, contempló cómo sus
otrora fieles servidores intentaban abandonarlo: Göring, que trataba de
acelerar el inevitable final; Himmler, que incluso intentó contactar
con el enemigo... Fiel a sí mismo, como expresó en 1939, jamás
pronunciaría la palabra «capitulación». El día 13 brindó con Göring por
la muerte de su despreciado Roosevelt. El 20 volvió a brindar con sus
pocos adeptos por su quincuagésimo sexto aniversario. Las tropas rusas,
mientras tanto, proseguían su inexorable avance hacia Berlín.

En
la madrugada del 29 de abril ordenó que se presentase ante él un
funcionario del registro civil y contrajo enlace con Eva Braun, su
«fiel alumna» que había conocido cuando era empleada de la tienda de
Hoffmann, su fotógrafo, en 1932, pocos meses después de que su primer
amor, Geli Raubal, la hija de su hermanastro, se suicidara en el
domicilio particular de Hitler en Munich. Hitler y Eva Braun ya tenían
previsto quitarse la vida cuando decidieron su unión. El Führer acababa
de recibir hacía unas horas la noticia de la ejecución de Benito
Mussolini frente al lago Como. Luego había ordenado que envenenasen a
Blondi, su pastor alemán. Al acabar la ceremonia dictó testamento
político nombrando al almirante Dönitz como su sucesor. Al día
siguiente, hacia las tres de la tarde se oyeron dos disparos: Hitler y
Eva Braun habían muerto.


Hitler hacia el final de la guerra
Mientras
los dos cadáveres eran consumidos por las llamas en el jardín del
búnker, Bormann comunicó por radio a Dönitz que Hitler lo había
designado su sucesor, pero ocultó la muerte del Führer aún veinticuatro
horas más. En ese lapso, él y Goebbels intentaron una nueva negociación
con los soviéticos; pero fue un esfuerzo inútil. Entonces telegrafiaron
otra vez a Dönitz comunicándole la muerte. La noticia se dio por la
radio el 1 de mayo con fondo de Wagner y Bruckner, dando a entender que
el Führer había sido un héroe que había caído luchando hasta el fin
contra el bolchevismo. Esa noche se llevó a cabo una huida masiva y
fueron muchos los que lograron fugarse de Berlín. Goebbels prefirió
envenenar a sus hijos, luego mató a su mujer de un balazo y se suicidó
de un tiro. El 7 de mayo de 1945 se firmó la capitulación en Reims y el
día 9 se repitió la firma en Berlín. Ese mismo día se suspendieron
todas las hostilidades en los frentes europeos. El III Reich había
sobrevivido a su creador exactamente siete días.